Y duele. Duele verte, saberte, seguirte y pensarte. No es más doloroso que ir reconociendo y entendiendo el vacío profundo que deja tu ausencia, que no contemplaba la terrible necesidad de saberte, de seguir tus pasos. Se siente como una estaca atravesada en el pecho, literalmente, como tanto libro leído, como tanto drama y romanticismo conocido, novelas, teleseries y películas, pero que jamás imaginé que así fuera, no eran fantasías ni una exageración el que yo lo sentiría, o que mi cuerpo tras llorar horas y oprimirse por dentro, lo viviera. Duele hacerse la fuerte, la ruda, la que puede verte, apoyarte en tus proyectos de fuera de ti, de lejos, de la distancia, de una región de por medio. Hablar de ti, mencionarte con la eterna y fuerte convicción de que por nada del mundo te sacaré de mi vida, aunque haya tomado la decisión de tener que vivir sola, fue la decisión más real y sincera que pude tomar, pero más ignorante que no pude contemplar. ¿Cómo puedo seguir amándote y sufrir a la...